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Mi historia de superación personal

5/30/2025

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Hola, soy Mónica Guzmán, tengo 46 años y soy madre de José Luis, un joven de 17 años diagnosticado con síndrome de Asperger a los 6 años. Mi viaje de superación comenzó en octubre de 2007, cuando nació mi hijo.
La habitación  estaba tenuemente iluminada, el suave zumbido del equipo médico llenaba el aire mientras yo estaba tumbada en la camilla, con la mirada fija en la pantalla. El médico aplicó el gel frío sobre mi abdomen y comenzó a mover el ecógrafo. De repente, ahí estaba: la primera imagen de mi hijo. Mi corazón dio un vuelco y, sin poder evitarlo, solté un grito: "¡Aah!"
El médico levantó la vista, sorprendido, mientras mi madre y el padre de mi hijo intercambiaban miradas de desconcierto. "¿Estás bien?", preguntó el médico con una sonrisa amable, intentando calmarme.
Pero en mi mente, una tormenta de pensamientos se desataba. "De esto no puedo huir", pensé, sintiendo el peso de la responsabilidad que crecía dentro de mí. "Lo llevo dentro". El miedo se apoderó de mí, un miedo profundo de no ser la madre que mi hijo necesitaría.
Recordé a mi propia madre, su lucha con el Trastorno Bipolar, diagnosticado cuando yo tenía 18 años. Sus reacciones desde que yo era pequeña, a menudo impredecibles, habían dejado cicatrices en mi corazón. "¿Y si repito sus errores?", me preguntaba, sintiendo el frío de la incertidumbre recorrer mi columna.
Mientras el médico continuaba con la ecografía, mi madre me tomó de la mano, su mirada llena de comprensión y amor. "Todo estará bien", susurró, aunque ambas sabíamos que el camino no sería fácil.
En ese momento, no imaginaba que estaba en el inicio de un viaje transformador, uno que me desafiaría a ser más fuerte de lo que jamás había imaginado.
Desde sus primeros meses, José Luis fue diferente. Era serio, solo se reía con mi madre. Tardó en hablar, caminar y dejar los pañales. A los dos años, comenzó a mostrar comportamientos extraños, como caminar sin expresión y no responder a su nombre. Fue entonces cuando su padre y yo decidimos llevarlo al otorrino, solo para descubrir que oía perfectamente.
Había llegado a un punto en el que los comportamientos de José Luis ya no podían ser ignorados. Cada día, sus acciones me gritaban que algo más profundo estaba ocurriendo. A pesar de mi resistencia inicial, finalmente acepté que mi hijo era diferente y necesitaba ayuda.
A los seis años, lo llevé a un psiquiatra especializado en Trastornos del Espectro Autista. Recuerdo ese día como si fuera ayer. Pasamos tres largas horas en la clínica, mientras José Luis era evaluado por varios profesionales. El tiempo parecía detenerse, cada minuto se alargaba como una eternidad.
Finalmente, el psiquiatra salió de una habitación contigua. Su expresión era seria pero serena. "Tenemos algo que decirle", anunció. José Luis estaba junto a uno de los terapeutas, sosteniendo unas láminas con dibujos de caras que mostraban diferentes expresiones. Estaba calmado, lo que me dio un pequeño respiro de alivio. Siempre se sentía más a gusto con los adultos que con otros niños.
El terapeuta ocupacional me miró directamente a los ojos, su mirada era de satisfacción, como si hubiera encontrado una pieza crucial del rompecabezas. "Su hijo tiene Síndrome de Asperger", dijo con firmeza.
Sentí que el suelo se desvanecía bajo mis pies. No sabía qué significaba eso, ni qué nos depararía el futuro. El psiquiatra, notando mi desconsuelo, añadió con voz tranquilizadora: "Es mejor saber lo que tiene porque ahora sabemos cómo ayudarlo".
Y así, en ese instante, comenzó nuestro verdadero viaje. Un camino lleno de desafíos, pero también de esperanza y descubrimientos.
Inscribirlo en un colegio fue un desafío. Busqué un lugar donde pudiera recibir la atención que necesitaba. A pesar de los constantes llamados del colegio para recogerlo, insistí en que los educadores también aprendieran a ayudarlo. Poco a poco, con persistencia, trabajando en conjunto con el psiquiatra y los profesores, logramos que el colegio se convirtiera en un espacio inclusivo.
Durante este proceso, trabajé en mi desarrollo personal para ser la madre que mi hijo necesitaba. Descubrí que mi propósito era guiar no solo a mi hijo, sino también a otros padres que enfrentan desafíos similares. Esta experiencia transformó mi vida y me llevó a dedicarme profesionalmente a ayudar a otros.
He aprendido que para empoderar a los jóvenes, primero debemos empoderar a sus padres. Los valores se transmiten no solo con palabras, sino con el ejemplo. Pregúntate: ¿Cómo quieres que sea tu hijo? ¿Eres un ejemplo de ello?
Es hora de ser conscientes y responsables de nuestras acciones, porque son las que nuestros hijos observarán y seguirán. Asegúrate de que, aunque no estés presente, tu hijo sabrá qué hacer porque lo aprendió de ti. Ahora es tu turno de cuidar de tu bienestar emocional para ser ese referente poderoso que impactará profundamente la vida de tu hijo. 
La ciencia nos dice que los recuerdos se graban de manera indeleble en nuestra mente cuando están acompañados de emociones profundas. ¿Y qué emoción puede ser más profunda que el amor de un hijo hacia sus padres? Son ellos quienes nos muestran el mundo por primera vez, quienes nos enseñan con su ejemplo, no solo con sus palabras. Los valores y creencias que absorbemos de ellos se convierten en la brújula que guía nuestras decisiones más importantes en la vida. Estos principios, inculcados desde la infancia, son los que moldean nuestro camino y determinan quiénes somos en los momentos cruciales.
A veces me pregunto: "¿Qué haría mi madre en esta situación?" Sin darme cuenta, lo que no veía de joven, ahora a mis 46 años, son las bases de mi vida. Me siento orgullosa de haber tenido ese ejemplo. ¿Cómo quieres que te recuerden tus hijos cuando ya no estés? Tienes dos opciones: ser un ejemplo o una advertencia.
¿Ahora que lo sabes, merece la pena empezar por ti?

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    Autor

    ​Mónica Guzmán CEO
    Charla TED ED Club IES Sierra la Calera.
    "El peligro de ser considerado brillante"​

    ted-edclubstmarta.blogspot.com/2019/02/tarde-de-charlas-del-ted-ed-club.html?showComment=1550420427353&m=1#c5179837002862062535



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